Hace tiempo nos preguntarnos por la praxis literaria, por los procesos y los caminos que llevan a la escritura, entrevistamos a Leonardo Sabbatella, autor de las novelas: El modelo aéreo y El pez rojo, editadas por Mar dulce, le formulamos algunas preguntas buscando indagar sobre la experiencia de la escritura. 

Por Escrituras Indie






En una entrevista mencionaste que escribir no es un hobby sino una fatalidad, ¿por qué es una fatalidad?
Es una fatalidad en mi caso en un doble sentido, como desgracia y como destino. En cierto punto la escritura es caer en desgracia, un paso en falso de las lecturas, de la vida de un lector. Pero también, y quizás sobre todo, tengo la impresión de que la práctica de la escritura adopta la forma de un destino, es una práctica que en cierto sentido me excede y que se me impone. La lectura y la escritura son formas de habitar el mundo, de hacerse un lugar.

¿Se puede escribir desde la nada?

No creo que se pueda escribir desde la nada. En todo caso se puede escribir teniendo la “nada” como una materia con la cual trabajar. La gran tradición de la negatividad en la literatura me parece que indaga y procede en ese sentido. Toda escritura, tengo la impresión, proviene de otra, es un efecto indirecto de lecturas, anotaciones, observaciones, maquinaciones, imágenes. Siempre hay condiciones de producción de esa escritura. 

¿Cómo es el proceso de tu escritura? ¿planificas jornadas para escribir tus novelas? 

Tiendo a la planificación, siempre tengo una hoja de ruta aunque suele estar inconclusa o tener puntos ciegos o se va alterando por el propio comportamiento de la escritura. Sí me interesa saber qué es lo que voy a hacer y hacia donde estoy orientando el texto. Después puede sufrir todo tipo de desvíos que es quizás lo más interesante de la escritura, todo aquello que nade de la propia práctica. No creo en la espontaneidad o en escribir cuando se está “inspirado” o la autenticidad o los discursos de la vitalidad.  No me interesa nada de eso. Y sobre todo creo que en esas posturas profundamente anti-intelectuales hay escondidas granes edificios argumentativos para poder sostenerlas. 

Hay novelas que reclamaron una planificación más férrea como fue El modelo aéreo y otras que avanzaron en un sentido más musical si se quiere como es el caso del libro que va a salir ahora en julio. En cualquier caso lo que me interesa es pensar el texto, sus movimientos, su lógica, sus transformaciones, sus errores y fallas como modo también de procedimiento. 

En otra entrevista dijiste “Me interesa más la creación de atmósferas que la creación de tramas (…)” ¿Cómo son esos otros modos de narrar aquello que no se deja atrapar por la trama? 

Es que la trama es solo un modo posible de la literatura. Un modo que se transformó en dominante, un modo reclamado hoy por la industria y por el mercado. Me interesa ir en contra de esas formas para que la escritura no se transforme en una mercancía total. Entonces también tenés que las otras formas de escritura permiten la producción de sentidos que de otro modo no serían posibles. particularmente, salvo excepciones, no me interesan las tramas. Quiero decir, si la literatura es la creación de tramas o el relato de una historia bien podríamos prescindir de la literatura porque esas funciones sociales ya se encuentran en otro lado. La literatura es lenguaje, no puede ser otra cosa, es una apropiación y un desvío de la lengua y ahí encuentra al mismo tiempo su total inutilidad, aquello que no se deja dominar, y su valor diferencial. Entonces reducir la literatura a un deber ser me parece inconducente y atrofian.

¿Qué más podrías decir de la construcción de dispositivos narrativos?

Creo que el riesgo de la construcción de dispositivos es que se vuelva algo mecánico que puede volverse incluso en contra de la propia escritura. A veces hay dispositivos totalmente cerrados, que tienen una fórmula y se hacen previsibles. Me interesan los dispositivos que guardan su propio error, que producen fallas, que en cierto punto “funcionan mal” y eso los hace producir un sentido desconcertante. 


¿Cómo se llega al título de un libro? ¿cómo sabes que es ese y no otro?
¡No lo sé! Es muy difícil poner un título, darle nombre a algo. Pero justamente quizás escribir sea darle nombre a eso que no lo tiene. Hay una frase de Berger que me interesa mucho que dice que a veces falta una palabra y entonces es necesario escribir un libro entero para reponer esa falta. En mi caso suelo empezar a escribir con un título orientativo, un nombre privado del texto para poder referirme de algún modo dentro de mi cabeza, casi como si fuera una palabra clave o un borrador. Y casi siempre sucede que después de la mitad del texto, cuando empieza digamos el descenso del vuelo (por usar una figura aeronáutica) se revela el nombre, aparece durante la escritura o es el resultado extraño de estar pensando en el texto, como si de pronto llegara una imagen o una forma de nombrar que anclara el sentido. 


¿Se puede enseñar el oficio de la escritura?
No. Se puede enseñar a corregir, se puede enseñar a tener ciertos trucos o modos de resolución, se puede enseñar a observar el funcionamiento de un texto, se puede enseñar a leer que es lo que sucede en un texto, se puede enseñar a calibrar un estilo, se puede enseñar el manejo de una técnica. Pero no se puede enseñar a escribir. Porque justamente escribir es eso que no tiene nombre, eso que es una configuración, una fricción, un modo propio e inimitable, intransferible. Se pueden enseñar muchas cosas que tiene que ver con la práctica de la escritura pero no a escribir. Quizás porque solo haya escritura cuando hay apropiación íntima del lenguaje y eso no es posible de enseñar. 

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