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| Sobra la población |

La Antología Esotérica incluye ilustraciones, cuentos y poemas de autoras jóvenes y contemporáneas relativos a esa temática.

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Me gusta repartir la comida porque me aflora un egoísmo ancestral (mi papá hacía lo mismo) y me sirvo un poco más que el resto. Lo justifico pensando que mi vacío existencial es más grande que el de los demás. Una vez debatimos con una novia, sí era más grave que me haya abandonado mi mamá o que el padrastro la haya violado durante un tiempo hasta que pudo contarlo. ¿Quién merecía más papas fritas con salsa de ajo? Esa era la cuestión. No hay una sola de mis remeras que no esté manchada. Con una amiga de un grupo de autoayuda, decíamos que para nosotras eran como medallas y a mí me designó con el rango de Generala. 
Siempre me gustó comer con la mano, sentir el aceite, la harina o el ingrediente que sea. Los cubiertos me resultan un obstáculo. Ahora que puedo y nadie me vigila, armo rituales, como elegir qué es lo que dejo para lo último, porque preparo el bocado perfecto y para que sea así, tiene que contener algún extra. Si es pizza, dejo la porción con más queso, con una costra pegada o con dos aceitunas y si es una raba, la más dorada o crocante, la que tiene más rebosado y si vienen dos juntas pegadas, es como recibir un regalo.
Te voy a internar, te voy a terminar internando le gritaba Doña Paulina la vecina de enfrente a Sarita su hija hiper-obesa. Desde mi casa se escuchaba los gritos, los llantos, las discusiones contantes y el hostigamiento de una madre que no sabía cómo manejar la situación. Eran judías, como nosotros, vivían de la renta de algunas propiedades que habían heredado y cada tanto consultaban a mi papá sobre algún plomero o albañil, ya que él tenía experiencia. Sara era petisa y redonda, la papada se le juntaba con la panza formando un todo. Era entre rubia y colorada, tenía pecas, la nariz aguileña, la cabeza chiquitita que contrastaba con su enorme cuerpo y cuando hablaba estaba tan agitada que parecía que acababa de subir una escalera a toda velocidad. Pocas veces me la encontraba, porque le costaba caminar y cuando lo hacía, sus brazos se movían como si fueran las alas atrofiadas de un pichón que nunca va a levantar vuelo porque le rebotaban constantemente contra los costados del cuerpo. Si te conversaba un rato largo, utilizaba la panza como escritorio en donde apoyar las manos. Fue la primera que me convidó una golosina importada, de las que no se conseguían en cualquier lado y que llegarían recién en los noventa con la apertura de las importaciones. Esa vez, la comí delante de ella, en la calle, porque ya desde ese entonces no podía llevar golosinas a casa sin que mi papá me lo recriminara. Sarita me observaba y se relamía, por eso le ofrecí y me contestó que no me preocupara, que tenía más. Igual salivó y acompañó todos mis movimientos con la boca, desde que comencé hasta que me chupé la punta de los dedos. 
Paulina era una mujer de cincuenta años que andaba con un solero mal abrochado, nunca le coincidía el ojal con el botón correspondiente. Tenía rulos grandes, canosos, pero la mayor parte del tiempo usaba ruleros y un pañuelo que mi papá decía que se ponía para no peinarse. Era imposible no mirarla a la cara, porque tenía un ojo completamente cerrado, eso le marcaba aún más las arrugas, y como si tuviera vida propia y no pudiera manejarla, cada dos o tres minutos, sacaba la lengua completamente y le pasaba el dedo gordo. Mi hermano imitaba el gesto y decía que había quedado así por contar dinero.
A medida que fui subiendo de peso, también aumentó la preocupación de mi papá que me acusaba de estar enferma, aunque yo me sentía muy bien y como no encontraba una solución fácil, le pareció que era una buena idea utilizar a Sara como un ejemplo de lo que me podía ocurrir si no paraba. Una tarde, me pidió que lo acompañara con una excusa, cruzamos la calle Remedios de Escalada y fuimos a lo de Doña Paulina. Montaron un espectáculo que nunca supe si era real o no, pero la mesa de la cocina estaba repleta de cosas. Había varias bandejas con carcasas de pollo en mal estado, pedazos de matambre a la pizza podridos, moscas por todos lados, envoltorios de galletitas, golosinas, chocolates, facturas mordidas, botellas de gaseosas y todo lo que un buen gordo conoce y no le produce asco, aunque yo hice como que sí, porque entendí que eso era lo que mi papá esperaba.
Pese a que sabía mi nombre, Paulina me llamaba piba, remarcando la p y eso provocaba una lluvia de saliva. Sarita está enferma piba, se despierta y se baja un pollo entero, estas carcasas se las saqué de debajo de la cama, esconde comida, hasta come cuando caga, me dijo. Ya hizo todos los tratamientos, pero no le interesa bajar de peso, ella no se quiere, se está suicidando. Me contó tu papá que vos haces lo mismo, no está bien eso piba, sos joven. Tenes que cuidarte porque vas a terminar así, sabes qué feo es, ella nunca tuvo un novio. Desde el dormitorio Sarita le gritaba, sí tuve. Cuando te mando a descolgar la ropa de la terraza no escuchas, pero esto sí, le respondió la madre. Va a explotar un día, ¿vos querés lo mismo piba? No tiene amigos, le cuesta bañarse, la tengo que ayudar, ¿te parece? Se sentó en la mesa, corrió una caja de almendras bañadas en chocolates que me tentaron a penas las vi, e intenté memorizar la marca para ir a comprar después. Comenzó a sollozar mientras preguntaba: ¿le parece Don Jaime que tenga que bañar a mi propia hija de treinta siete años?
Unos días después de aquella visita, mi papá llegó a casa más temprano de lo usual y me encontró sentada en el sillón en medio de una orgía de golosinas y facturas. No sólo me tiró todo, sino que comenzó a obsesionarse con una vigilancia difícil de sortear, a cerrar la cocina con llave y me obligó a  ir a ALCO. Me di cuenta de que no me iba a dejar tranquila y tomé la decisión de pasar a la clandestinidad. No comería nada prohibido delante de él ni escondería las golosinas en el cuarto porque me daba cuenta de que lo revisaba.
En esa época me mandaban a comprar pan y cada vez que lo hacía, le agregaba seis facturas con las que me atragantaba las dos cuadras de distancia que había entre la panadería y mi casa. Mis preferidas son las de hojaldre, que no son para comer de parada y menos con apuro, sino sacando los dobleces con suavidad y con la delicadeza que no tengo con casi nada. 
En ALCO la conocí a Florencia, una chica que tenía once años como yo. Estábamos tres horas aburridas escuchando sobre los buenos alimentos, las calorías, no poder cuidarse con las comidas,  y después de eso, a la salida, caminábamos tres cuadras hasta la pizzería Ugi's y hacíamos mita y mita. Pese a que tomábamos varios recaudos, uno de los del grupo de hiper obesos nos vio desde la vereda de enfrente y nosotras pensamos que no nos iba a delatar, que él entendería, al fin y al cabo era uno de los nuestros, pero le contó al coordinador que inmediatamente le fue con el cuento a mi papá. Mi viejo me sermoneó durante una tarde entera preguntándome por qué le hacía eso. 
La única opción que me quedó fue comer a escondidas y bien lejos de casa. Los viernes a la noche le decía a mi papá que iba a la salida con la gente de ALCO que incluía una caminata por los lagos de Palermo y en realidad me tomaba un colectivo hasta la peatonal Lavalle, me aprovisionaba de chocolates, garrapiñadas, chipa y lo que me gustara. Recuerdo un día especial en el que compré una doce de empanadas y fui al cine a ver la saga completa de la pistola desnuda y cuando salí, para el camino de vuelta, cerré la noche con un helado de conito.
En mi familia no éramos la China Comunistas, pero con el tiempo los controles y la racionamiento de la comida se fueron incrementaron a medida que subía de peso y llegaron a un nivel inimaginado. Se me servía lo que tenía que comer y luego mi papá  que se quedaba vigilando, esperaba a que terminara  y cerraba la cocina con llave. No me dejaban ir a comprar, ni me daban dinero, a veces me prohíban salir y yo me sentía como una desnutrida de Somalia. Fueron semanas en las que sufrí hambre y no sabía cómo resolver la situación, hasta que se me ocurrió la gran idea. Cansada por las múltiples restricciones, decidí una noche mientras todos dormían llevarme la basura a mi pieza. La bolsa estaba pegada al tacho y pese a que hacía fuerza para separarla no pude hasta que tiré bruscamente, se hizo un agujero y la arena nauseabunda de los gatos con meo y mierda se desparramaron sobre mis pies y en el piso de la habitación. Encontré pedazos de manzana, zanahoria y remolachas podridas con hongos pegadas en el fondo del tacho con un líquido  verdoso y espeso que pensé se había formado por restos de yerba. Ahí entendí por qué en la cocina, pese a que se limpiaba, siempre había olor a rancio. También coloqué un cartón en el piso para ir poniendo lo que encontraba. Me senté en un costado con las piernas abiertas, como cuando era chica y me llevaban al arenero, pero esta vez con la basura, y fui sacando para clasificar. Había desde carne con pequeñas larvas grises que se arrastraban por entre los desperdicios y que me provocaron arcadas, hasta varios preservativos usados, aunque en ese momento no sabía lo que era y los agarré con la mano para inspeccionar el contenido viscoso y de color blanquecino. También había botellas de shampú, desodorante, tierra y pelusas que yo misma había vaciado de la aspiradora. Pese a que lo sospechaba y no lo había confirmado hasta ese momento, encontré envoltorios de toblerone y mantecol que eran golosinas muy caras para lo que yo podía acceder. Intuía que mi papá se compraba dulces y los comía a escondidas para no convidarme. Varias veces lo vi saliendo de una bombonería que quedaba a dos cuadras de casa.  No encontraba nada comestible hasta que vi una cascara de banana en lo profundo de la bolsa de consorcio, la saqué para ver mejor y como una perla en medio del océano, encontré una  de las facturas de hojaldre con pastelera y manzana que mi papá me había tirado y sólo tenía un poco de yerba y un pedazo pequeño de cebolla por encima. La resguardé colocándola sobre una almohada, luego puse toda la basura que había sacado en otra bolsa, incluso el cartón. Llevé el tacho a la cocina, barrí la arena del gato, me lavé las manos y tiré un poco de desodorante que mezclado con el olor pestilente me sofocó. Me senté en el borde de la cama a oscuras con la factura en la mano, fui arrancando las capas con la boca muy lentamente hasta que sin darme cuenta un hilo grueso de almíbar se me chorreó sobre la remera, el pantalón, las sabanas y mis manos. No me importó. Al fin y al cabo, yo era la Generala y esa noche ascendía a Comandanta en Jefa.

| Sobre el proyecto La wolcho |
El proyecto de Editorial La Wocho surge de la necesidad de dar a conocer la escritura de Salomé Wolosky. Frente a algunas propuestas editoriales abusivas, le planteé a Hexico la posibilidad de ilustrar mis textos y publicarlos en formato fanzine. Así comenzamos de a uno hasta que nos dimos cuenta de que podíamos hacer una colección ya que, en este caso, son textos de temática gorda.
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Sobre la autora |

Me llamo Sofia Larosa, nací en la provincia de Buenos Aires, Argentina. Dejé la carrera de arquitectura para comenzar la Licenciatura en Artes Visuales. Todavía me cuesta encontrar en la realidad la diversidad que me gustaría, me parece que dibujarla es una buena forma de hacerla crecer, en mi y en el resto. Muestro y construyo lo que quiero ver.

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Cinco poemas de Violeta Serrano, Lola Domínguez Sabater, María (Luz) Solá, Irati Iturritza Errea y Ainhoa Navarro Kühn. 

Selección de Luna Miguel






Violeta Serrano (Madrid, 1992)


Despertar con vida

Si me levanto
no es por nada.
Sólo lo hago porque
cada vez que trato de
buscar una justificación positiva
que motive mis actos rutinarios
una legión de razones negativas me
asalta. He elegido desnudarme
de razones. De ahora en adelante
desayunar será un acto en sí mismo
completo. No lo haré para no morir,
ni tampoco porque me guste
el sabor del chocolate. Ni porque
mi vida sea un desafío a lo establecido.
Nadie pide permiso para existir. Aunque
algunos deberían pedir perdón por hacerlo.
No sé si quiero una vida más fácil,
todo esto empezó porque me desperté
y quise levantarme de la cama y punto.
Sin meterme con nadie.

Hoy buscaré una flor y la pondré
en mi pelo,
y será suficiente belleza para todo un día.



Violeta Serrano (Madrid, 1992) es una poeta transfemenina inédita. Ha participado en diversos eventos poéticos, frecuentado las jams y colaborado con otres poetas de la escena madrileña desde hace unos 5 años. Tiene un estilo musical y rítmico influenciado por su carrera como baterista semiprofesional. Sincera, Violeta trata de compartir su experiencia vital como mujer trans en un mundo cambiante, violento y amable simultáneamente. Junto a la poeta Nares Montero seleccionó y tradujo a 12 poetas Norteamericanas trans femme para el ciclo de lecturas femeninas “La Habitación de las mujeres”. También fue entrevistada por la poeta Pilar Astray para Mundos Flotantes y su trabajo fue recogido por Luna Miguel para la revista online Playground junto a otras 5 poetas y activistas españolas trans. 



...


Lola Domínguez Sabater (Valladolid, 1994)


XII
querría escribir una oda, un poemario, una obra total
a los cuidados
una oda, un poemario, una obra total
enumerar las naranjas de carla
la hospitalidad de leïla
la presencia de flavia 
los ovillos de ana, la llama de teresa
la lealtad inquebrantable de pilar, su vulnerabilidad
querría no decir, cuando pienso en los hombres que he querido
la palabra violación
la palabra tortura
no haber desconfiado del agua clara de mi mente
los hombres que quise, me reeducaron en la violencia
la noche que me besó ese miserable
se me llenaron las venas
los órganos, los tejidos celulares, de fango 
espeso
con el cuchillo levantaba líquido negro
los ojos ahogados en una tristeza afilada
yo, que siempre había desconfiado, 
de los aquelarres y de las mujeres
si aquella noche de febrero no saqué la segunda pierna por la ventana
fue porque elegí ser radicalmente vulnerable
los gajos de las naranjas 
después del llanto en el suelo de la gare d’austerlitz
cascarilla, los rituales de raquel
hace cinco años me reeducaron en la violencia
un grupo de hombres fue testigo de las torturas 
violencia simbólica de la que se te agarra
no cerraron los ojos, se rieron de mi bilis amarilla
me reeducaron, a mí me que me asustaba el insulto
en la más pura violencia
y sí,
la sandía en el cráneo de mamá 
el primer desgarro
y sí,
la inutilidad de mamá
el segundo desgarro
yo solo quiero vivir todos mis siglos
en un eterno aquelarre 
hablar del impacto de la luna
leïla haciendo brujería en la cocina
carla cortando unos gajos en el plato de cristal.
aquella utopía es esta



Lola Domínguez Sabater (Valladolid, 1994). Graduada en Filología Hispánica y Francesa por la Universidad de Toulouse. Actualmente reside en París donde estudia en la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Feminista visceral, le apasionan la literatura y el cine.


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María (Luz) Solá (Buenos Aires, 1996)

“Sonata Nº 3 al Niño Blues”
Preocupado porque temes que el mundo no sea de tu talla,
y por ello sonríes insolente a la gente que no te gusta.
Si las calles supiesen las cosas que haces para complacer, 
decidirían darte una segunda oportunidad
ya que la magia siempre se esconde tras las esquinas
para no llamar mucho la atención.

Hablas muy despacio y cuando estás triste no sueltas lágrima.
Solo aprendes, y aprendes más, y aprendes mejor.
Y la gente corre de un lado a otro
mientras tú miras al frente.
Contemplas el mundo, aburrido
y dices "¿Me puedo ir ya?”

Tranquilo, chico azul.
Todos sabemos que el blanco no es tu color favorito,
y que tras esas lentes se esconde algo más humano.
Pero quién sabe: algunos nacen mirando al cielo
otros, con zapatos caros.
Tú naciste esperando a que alguien te diese las gracias,
llegaste dándole respuesta a una pregunta desconocida,
y es así como te comportas siempre,
y es así como te tratará la vida.

Y escribes por las calles mientras chocas con la gente
y te dicen "Chico, mira por dónde vas”,
y en la escuela te decían "Niño, presta atención”.
Pero nada de eso servía 
porque para una persona como tú,
nada es nunca lo mejor
nada es nunca suficiente
y nadie tiene motivos para no estar triste.
Por eso, cuando los demás se enamoran, 
aconsejas ; Ámalo,
tómalo
y déjalo ir.

Pero también tienes esa resaca de esperanza que nunca se marcha, 
y las páginas dobladas, 
y la mancha de vino que ella dejó entre tus sábanas.

Tú quieres crecer bajo tierra, 
alimentándote de raíces y separándote del sol,
como una luna negra invisible
que pensativa mira los raíles temblar.
Como el lunar perfecto en el cuerpo de un viajante radical.

Pero nunca olvides lo que te trajo hasta aquí, chico azul.
Nunca olvides el motivo de tu existencia,
de tu esencia, de tu estancia en un planeta vacío, 
que observas cuando puedes 
bajo tu ojo de cristal.


María (Luz) Solá (Buenos Aires, 1996) vive en España desde niña. Hija de actores pasa la mayoría de su infancia entre platós y camerinos. Se envuelve de ese mundo mágico que la rodea y crea sus propias enredaderas desde pequeña. Ya a la edad de 16 años decide que quiere estudiar cine, para poder escribir guiones. Amante de los libros y las películas empieza a explorar sus cualidades redactando para diferentes medios de comunicación (Le Cool Madrid & Barcelona, METAL Magazine y La Crítica NYC) a los 18 años. Así, cansada de escribir sobre los demás, esta adepta de Cortázar, Sabines y Benedetti decide escribir un poco sobre sí misma, reuniéndolo todo en su poemario “Esto será nada, como todo”.


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Irati Iturritza Errea (Pamplona, 1997)

I

Hay en mí animales en bruto que se extinguen con cada explicación
Natalia Litvinova

Un día decido volver a nacer de mi boca. Una vez fuera, afirmo que yo no nací de ninguna boca, pero que a veces soy un pájaro que no logra ver sus alas y otras veces un perro que ladra a escondidas y dice ser un pájaro que no logra ver sus alas. Yo no nací de ninguna boca, pero sí es cierto que alguien se revuelve aquí dentro y trata de correr en todos los sentidos al mismo tiempo. Corre hasta que mi cuerpo decide romperse en mil pedazos. Voy pegando todas las piezas y paro cuando me doy cuenta de que un cuerpo no puede decidir romperse en mil pedazos. Vuelvo a correr en todos los sentidos obligándome a mantenerme unida. Mientras corro, oigo cómo alguien dice mi nombre, pero yo no me llamo y estoy formada por miles de manos. Las miles de manos miran las huellas que dejan mis dedos en la mesa de la cocina, siguiendo el compás de un piano que nadie toca. Pienso que no escribo un poema, sino una película de terror, pero luego lo niego: ni esto es una película de terror, ni un cuerpo puede decidir romperse en mil pedazos, ni yo nací de ninguna boca. Pero sí es cierto que hay en mí animales en bruto que se extinguen con cada explicación, y sí es cierto que a veces se atacan los unos a los otros.
Mientras ocurre la masacre, me siento en primera fila y observo. Hacia el final, mi oreja derecha, que también podría ser un ciervo llorando en mitad de la noche, se acerca y me recuerda que el ancla es un estado transitorio. Cuando todo termina, aplaudo.
Espero en la sala hasta que el espectáculo vuelve a comenzar.



Irati Iturritza Errea (Pamplona, 1997) no nació de ninguna boca, a pesar de dedicarse a gestar bocas y voces que la reinventan cada día. A veces es un niño que no recuerda por qué llora, otras veces sólo intenta gritar más alto. Brazos cortos (La bella Varsovia, 2017) es su primer libro. También ha participado en proyectos como la exposición de poesía ilustrada Contraespacios/Kontraespazioak, las antologías Orillas, Ultravioleta, Anónimos 2.3, DiVERSOS y A: mujer, lenguaje poesía; la colección de relatos Itzulerak: barne bidaiak; o los fanzines The Scribe y El ñu circense. Coordinó la selección de Los muchachos ebrios, antología de poesía jovencísima transoceánica publicada por La Tribu, y actualmente trabaja junto a Erik Rodríguez en un proyecto que aúna poesía y foto. De esta manera, trata de encontrar nuevos lenguajes para seguir nombrando la náusea, el miedo, la tierra. Le gusta leer, quejarse, escribir y hacer galletas. 


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Ainhoa Navarro Kühn (Las Palmas de Gran Canaria, 2001)


Garabatos
Quisiera escribir del mar. De tus ojos. De cómo empiezan a caer las hojas en este otoño o de dónde viene el sonido de esas carcajadas.
Pero no.
Sólo puedo enlazar palabras. Mi lengua sigue enredada en otra boca. Veo pétalos, muertos, en el suelo. Que es donde estoy.
tropiezo/ caída/ dientes de leche/ sangre/ tinta/ sangre/ lágrimas/ ¿sangre?/ ya no me duele./ arañazos/ cicatrices/ me río./ me desangro. / río hasta desangrarme./ herida/ hedor/ pasado/ letras en repetición/ mi vida en repetición/ sangre/ muerte/ sangre/ sangre/ lunares/ más sangre/ ¿cadáver? / ¿entonces por qué sigo aquí?
Soy yo misma, pero parezco otra. O al revés.



Ainhoa Navarro Kühn (Las Palmas de Gran Canaria, 2001). Está estudiando bachillerato. No tiene claro a qué dedicarse en el futuro, lo que sí tiene claro es que quiere escribir, como lo viene haciendo desde hace años en su blog bajo el pseudónimo de “inmortxl”.
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Mujeres y disidencias al frente: nueva poesía colombiana.

por Daniela Prado





Tania Ganitsky (Bogotá, 1986)


La voz es un lugar

oscuro
tomado por animales feroces
en los que ya nadie cree.
Para hablar
hay que escapar
del fuego de sus pupilas
y del filo de su hambre.
Para poder decir
miedo o mío
hay que imaginarlos jugando.




Fátima Vélez (Manizales, 1985)


Mudanza

del blanco sacudimos
los rastros de pintura
tras los secretos
que nadie le preguntó a las paredes
si querían escuchar

pronunciamos la palabra
y la rutina no se forma
no descurte esta nata amarilla

Debes haberla pronunciado mal
No, así la he dicho siempre
¿Cómo?
Con el mismo tono de
Niños
a la cama
ya

Déjame a mí
No,
Sácanos de las maletas
Ordénanos en las repisas
ropa, poca
libros, los necesarios
inhalaciones, ninguno las contó
cosas livianas
no vaya en un descuido
a crecer una raíz

sobre el Tenemos casa, Tenemos casa
crujen las tablas
podríamos perforar con esta dicha
que no embalsama para-siempres
pero nos hace creer que siempre
no es una distancia tan amplia
como nos la han pintado

ahora a hacer café
en el centro
en el frío
de una casa
sin ollas

para los niños
una buena ración de cereal
el que les gusta
así nos salga caro

más tarde
la llamada
Queremos luz
Queremos fuego
¿Nombre?
¿Dirección?
¿Código postal?

comprobamos
que la luz es buena
que la oscuridad se ocupa de los miedos
y nosotros de nuestra casa

pero no debemos
acercarnos demasiado a los rincones
los rincones
hacen desaparecer
cosas
y gente

No les metas cuentos

No son cuentos

queda un sótano por explorar
si bajan
y halan la cuerda
tal vez se prenda un nervio
niños no griten
y ellos gritan igual
dicen aaahhh
y ahhhhh responde
también se puede hacer de la voz una pelota
y ellos que se quejan
de no tener juguetes

Poema perteneciente al libro “Casa Paterna”, leer el libro completo en este link: http://aplicaciones.uexternado.edu.co/poesia/img/casa-paterna.pdf





Hannah Escobar (Titiribí-Antioquia en 1985)


La poética del enemigo

A Dianamar.

Cenizas
Todo cenizas,
Dijo que la entropía era al absurdo
Lo que el palo a la veleta,
Que la metafísica no era otra cosa
Que un calor insoportable,
Me habló de la gotera,
La que cae en el recinto iluminado
Del círculo vicioso del ser:
Las mismas conclusiones
Los mismos sentimientos
Las mismas pérdidas
Las mismas heridas
Siempre
Siempre.
Dijo que yo era una muñequita de cerámica
Dijo que imaginaba que el sol me sobraba.
Ella,
Únicamente,
Deambulaba por los días como una puta sin acera,
Con sus tres perros de caza.




Ana María Arango Correal (Medellín, 1990)


Poema que se compadece

Abres la boca y adentro un ojo precioso
-negro como los tuyos-
dice
Hoy no
Yo
-triste como una fruta que se descompone-
vivo todos los días desde entonces
como
hoy.
Te tocas el cabello en un bucle interminable y desprendes un olor que se prende a mí
me lo arranco

regresa
me lo arranco

regresa

es un
boomerang afilado
el sonido de tu voz
Silva cuando cae
Silva cuando sube
Sonido
¡Qué ruido hace tu cuerpo cuando lo veo!
Cruje en los ojos

no para de anunciarse en el espacio
no para de interrumpir este poema que se compadece

escucho el aleteo de tus manos mínimas
desvío
se disuelve (pasiva, impotente como una planta) la cadena significante
y no hay largo aliento desde entonces
no coincide tu boca abierta con mi jardín
no coincide nuestra siesta
aunque el sueño sea el mismo.
Me consuela la idea

La novedad es infinita
cuando nada pasa.





Laura Estrada Márquez (Barranquilla, 1992)


Un poema y no flores salvajes

Entre el choque, idea equívoca
de lo que ya no podemos ser más
y entre el maltrato que traspasa nuestras formas subcutáneas 
costras perfumadas
del pecho cuando florece
No hay nada que podamos salvar

Que quieres no sentir más
la jaula como jaula
y que quieres que los cadáveres que alcanzamos a ver
en el río del que cogimos las últimas ramitas 
no sean nuestros NN
sino los desaparecidos
de otras personas
que tal vez sí encontraron refugio
y que si hay algo que se pueda suspender en el aire
en un intento por liberarnos de la terrible idea de separación del alma y el cuerpo
No serán tus babas
ni tu gravedad, justicia poética u orgasmo

Será, eso sí
la decisión
de encontrar belleza en todo aquello que esté roto
y no intentar arreglarlo





Alexandra Espinosa (Bogotá, 1995)


Singularidad
Individual nunca significo aislado sino irrepetible,
individual no significa caminar creyendo que morirás solo,
individual significaba sentarte en ese teatro
para trescientos asistentes y ser indivisible, singular.
Nunca veo el mundo moviéndose,
jamás tengo la impresión de estar colgando de una ley,
mi peso me sostiene

A veces ciertas personas te ven directo a los ojos,
y el espacio parece algo húmedo,
Siento que puedo extrañar para siempre a las personas que amo,
pero al mismo tiempo veo todo lo que pasa
y no siento nada,
Salvo que podría decir esto.

Asiente hacia mí.
La humedad se prolonga.
Ni siquiera necesito que estés de acuerdo.
Es el beneficio de la amistad,
saber que tienes un lugar en el que se puede estar tranquilo,
aunque nadie tenga ganas de estar ahí.

Una espalda recostada en el agujero de la ventana,
y el sol quemándote la piel,
un día que ya no puede volver a ocurrirnos.





Lorena Tello Gálvez (Cali, 1997)


Lo que no se prevé y se conserva

Coincidencias dilatándose en una línea
atemporal, mental, infinita
que no logro nombrar

Como ese día en el jardín de niños
cuando compartiste una sonrisa mandarina
con el reflejo de otra infante perdida, como tú
ante el mundo
rieron
un mariposario colgando del techo
lloraron
y al apretar fuerte los ojos limones,
brotaron esquirlas y trocitos de vida
que se fueron,
un globo del adiós incrustado entre el vapor de agua
y la basura ambiental

O cuando jugaste a saltar la cuerda
la gravedad espacio temporal de la niñez disipada
volviste al suelo, caíste contra el pavimento
en el choque te bajó la regla
y una chica que también se cubría del temporal,

te dijo que tranqui, que la fruta algún día maduraría
te prestó su suéter
te abrazaste

Podría nombrar este texto Camila, Paulina, Francisca
cualquier nombre,
Lorena
o con todas las constelaciones
que tuercen los labios como el viento a las palmeras en sonrisas
radionovelas por la tarde
sin buscar encuentros
de esos que no se prevén, pero se conservan.


|Sobre la compiladora| Daniela Prado. Cali, Colombia. 1994. Estudiante de Lic. en Literatura en la Universidad del Valle. Collagista, poeta y gestora cultural. Publicó “Íntimo” Plaquette de poesía impresa en Brasil y traducida al portugués por Munganga edições (2018) Publicada en múltiples antologías como: 90 revoluciones de la editorial Mecánica Giratoria (Ecuador), Hot Babes de la editorial Ojo de Pez (México) y la Antología de poesía del siglo XXI (en edición bilingüe) de la Editorial LOreille du Loup.

Escribe y publica sus poemas y collages en el blogspot: http://danielaprse.blogspot.com.co/