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Sobre el autor |

Lucas Ledesma AKA Lucas Toro, nací en 1987 , vivo en Palomar , de oficio ilustrador, compositor y productor musical, dibujante autodidacta, estudié artes multimediales en el IUNA (UNA).

Nací en una familia de clase media baja del palomar, junto con mi hermano fuimos criados por mi madre (diseñadora textil) mi abuela (sastre) mi tía (profesora de bellas artes) y mi abuelo (carpintero), de chico decidí desarrollar una sensibilidad por los oficios y amor al trabajo. Al vivir en un taller de costura encontré la importancia de la silueta y la forma. Mientras mi abuelo me preparaba para ser violinista llevandome al conservatorio estatal (A.Ginastera - Moron), mi tía me enseñaba algunas técnicas de dibujo con sus libros. Trabajé de operario de fábrica, sodero, heladero y volantero mientras estudiaba multimedia en la universidad.

Desde los 17 a los 23 años toqué la batería en varias bandas de punk-hardcore locales. A partir de 2007 integré una agrupación -colectivo de música experimental llamada- Cine shampoo, fabricando nuestros propios instrumentos y experimentado con ruido y sintetizadores. A partir del 2010 creé mi propio proyecto musical solista llamado Lngchps tratando de unir lo visual con lo sonoro. Desde 2011 dibujo mi primer cómic de 200 paginas a comisión y empiezo mi carrera como dibujante. En 2014 co-creé la fiesta Witches donde trabajo activamente en  la organización como en el diseño y Dj residente. En 2015 gesté por primera vez la exposición de mi proyecto Vanitas en galeria MORIA con lienzos de hasta un metro hechos con acrílico sobre tela , el proyecto se centra en diferentes estudios de ideas sobre la belleza y lo efímero. En 2017 llevo adelante la segunda exposición de Vanitas pero esta vez me encargo de la idea//dirección artística , el trabajo se lleva a cabo con una crew selecta con gran despliegue escénico y las tomas con fotos analógicas.

*actualmente sus obras se exponen en la Boutique Galeria AMO (gurruchaga 1763).

Contacto |
https://www.instagram.com/lucast.oro/
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El estacionamiento del complejo está lleno de autos. Facundo estaciona lejos de la entrada y camina con su hija bajo el sol. Siempre tenés que mirar para todos lados, le dice. Acá los coches van despacio pero pueden salir de la nada, hay que estar atento. Josefina sonríe. ¿De la nada?, pregunta. Es una forma de decir, le explica Facundo sin terminar de entender si su hija lo está cargando. Siente la mano pequeña y transpirada en la suya, el tacto lo reconforta. 
Están caminando hacia la boletería. Él le pregunta si lo extrañó y ella asiente. ¿Seguro? Sí, papá, dice riéndose. Te extrañé.
Facundo paga las entradas. Josefina pasa con tarifa de niño, todavía. Buscan dos reposeras libres cerca de la parte poco profunda. Ella tiene una mochila colgando de un hombro, rosa como su traje de baño y como la gomita que le ata el pelo. Adentro hay una bombacha, una toalla y una remera. Facundo piensa en el momento en que tenga que cambiarla. Ya es demasiado grande para el vestuario de hombres. Va a tener que esperar junto a la puerta, buscar a una mujer que le parezca confiable, pedirle por favor, esperar. Como hace unos meses en el baño de un cine, los cinco minutos más largos de su vida.
La pileta es enorme y está llena de gente. Tiene forma de L. La parte más profunda, anuncia un cartel, llega a los tres metros. Sobre ese extremo, el trampolín. La escalera sube lo suficiente para que incluso Facundo adivine el vértigo que debe sentirse desde allá arriba. La tabla se prolonga sobre el agua y la gente pasa. Uno por uno. Algunos se asoman y dudan un momento, pero miran hacia atrás y ven al próximo, que ya sube y bloquea la única salida. Entonces saltan, rebotan y al agua. Con los ojos cerrados, o tapándose la nariz, o los brazos bien abiertos y un grito agudo que se corta con el ruido de la zambullida. Pero hay otros más decididos, que no vacilan. La vista fija hacia adelante, la columna erguida, la carrera y el salto.
¿Puedo ir?, pregunta Josefina. Facundo se ríe. No, mi amor. Es para los grandes. Está prohibido para los chicos. Pero entonces mira de nuevo y hay un nene más joven que su hija. Un chico petiso y flaco que no tendrá más de siete años. Un hombre que debe ser el padre lo aplaude desde el agua. El guardavidas los mira a través de sus anteojos de sol. No grita, no toca el silbato, no hace nada. El chico saluda, sonríe nervioso, corre hasta el final de la tabla y se tira de bomba. El padre se sumerge y un instante después sale con el hijo agarrado a su cuello. Josefina lo mira de nuevo. Más tarde vemos, le dice él.
El pie de la L es la parte baja. Facundo camina con su hija hasta las escaleras. Trata de agarrarle la mano, pero ella sale corriendo y se le escapa. Te podés resbalar, la llama, pero Josefina no lo escucha. Él apura el paso y la alcanza cuando está por meterse.  
Su hija quiere mostrarle todo lo que aprendió en las clases de natación. Pide que él diga un estilo y después nada de una punta a la otra de la parte baja. Facundo la ve ir y venir. Crawl, espalda, rana, perro. ¿Perro?, pregunta ella. Eso no existe, papá. Facundo le muestra, Josefina se ríe. Y después de un silencio ella mira de nuevo hacia el trampolín. ¿Ahora puedo? Él responde que no, es peligroso. Pero Josefina apoya los brazos en el borde y recuesta la cabeza. La boca fruncida, el cuerpo apretado. Él se acerca y le saca el pelo de la cara, pegado a sus mejillas por el agua. Más tarde, le promete. Ahora vamos a almorzar. 
Hamburguesas con papas fritas y Coca-Cola. Facundo apenas come, mira el trampolín. Las mesas están cerca de la parte poco profunda, separadas del agua por una reja. El piso está lleno de comida aplastada y pegotes. Para volver al otro sector hay que enjuagarse los pies, así la gente no arrastra la mugre. De todas formas, el agua parece sucia. Una capa de aceite, de bronceador, que flota sobre la superficie y devuelve reflejos tornasolados. Una señora gorda salta desde el trampolín y al caer salpica las reposeras más cercanas. Dos mujeres la aplauden desde abajo. La siguen un hombre de la edad de Facundo, rubio y con mucho pelo en el pecho. Después una mujer en bikini, a la que se le desprende el corpiño por el choque con el agua. Alguien chifla y la mujer se tapa, se ríe.
Dos chicos, apenas más jóvenes que Josefina, se asoman a la tabla. El guardavidas se para y hace sonar el silbato. Facundo apoya su hamburguesa. Pero el guardavidas levanta un dedo y los nenes entienden antes que él que les está diciendo que salten de a uno, que lo único que no pueden hacer es ir juntos.
Josefina come la mitad de su plato. ¿Ahora?, pregunta. Hay que hacer la digestión, le contesta Facundo, en un rato. Vuelven a las reposeras, y ella se mete al agua, se acerca a dos chicas con timidez. Enseguida se hacen amigas. 
Facundo lee pero no puede concentrarse demasiado, todo el tiempo mira por sobre el libro. Está todo bien, su hija parece divertirse, pero hay que estar atento al agua, a la multitud, al sol que empieza a bajar y lo adormece.
Después de un rato, las amigas de Josefina se van. Ella sale del agua y se acerca a su papá. Voy al trampolín, dice. Y es una pregunta pero también una afirmación. Él cierra su libro. Ella salta de un pie al otro. Está mojada y juega a imprimir sus huellas sobre el piso, está contenta.
Ya no queda tanta gente. En la cola hay unas diez personas y Facundo la acompaña. ¿Vas a subir?, pregunta ella. Él dice que no, que va a esperarla en el agua para ayudarla a salir. Puedo sola, se defiende Josefina. Es muy alto, mi amor, cuando caigas te vas a hundir. Ya sé que podés sola, pero por las dudas.  
Detrás de ellos se ubica una mujer joven. La fila avanza, dan un paso. Josefina se da vuelta y la mira. La mujer le sonríe. ¿Vas a saltar? Josefina responde que sí. Qué valiente, dice la mujer, yo no sé si me voy a animar. Josefina mira al trampolín, los ojos le brillan. Yo te empujo si querés. Las dos se ríen. 
Facundo aprovecha y le explica a la mujer que él prefiere esperar a su hija en el agua, que si ella puede cuidarla mientras suben, que si no le molesta... Ella lo interrumpe. Sí, no hay ningún problema, queda tranquilo. Es una linda mujer, piensa Facundo, y se pregunta si habrá venido sola.
Arriba, un chico salta, da media vuelta y cae mal. El sonido del cachetazo contra el agua hace que todos miren. El chico sale con la espalda y la cara rojas. De palito, le dice Facundo a su hija, tenés que saltar derecha, con los brazos pegados al cuerpo para caer con los pies. Sí, papá, le contesta ella con un hastío que aprendió de su madre, como si hubiera nacido sabiéndolo todo. 
Ya están al pie de la escalera. Josefina se agarra de la baranda. Facundo mira a la mujer, que lo tranquiliza con un gesto. Él agradece una vez más y se tira al agua. Se agarra  del borde con una mano y sigue a su hija con la mirada. Agarrate bien, le grita. Pero ella no parece escucharlo. La mujer, aunque no se pueda subir de a dos, va detrás de Josefina para atajarla en caso de que resbale. 
Facundo mira hacia arriba, la luz lo ciega. Trata de hacerse sombra sobre los ojos mientras patalea para mantenerse a flote. Su hija ya está sobre la tabla y mira hacia abajo, asoma la cabeza con los pies firmes sobre la madera. Él apenas ve su contorno, recortado contra el sol que baja. 
Josefina se asoma una vez más, calculando la distancia. Camina hacia atrás para tomar carrera. Corre, salta. Él cierra los ojos por un segundo, los tiene irritados por el sol y por el cloro. Escucha un grito, o una risa. Vuelve a mirar, y Josefina debería estar en el aire, a punto de caer, pero no. Tampoco se escuchó la zambullida. Arriba, la mujer se asoma a la tabla, mira hacia abajo. Facundo se queda inmóvil durante uno o dos segundos, sin entender. Después se sumerge. 
Abajo no hay nadie, ni burbujas que suben, ni agua revuelta. Sólo el fondo celeste, pintado con rayas negras. Todo muy quieto, congelado. Facundo saca la cabeza y le hace señas al guardavida, que en un mismo movimiento se para, se saca los lentes y se tira al agua. 

* * *

El guardavidas nada con movimientos ágiles, girando sobre su eje para ver en todas direcciones. Facundo baja hasta tocar el fondo con la mano, se queda sin aire y sale a respirar. La mujer está bajando las escaleras, la gente protesta. El guardavidas saca la cabeza y pregunta qué pasó, no hay nadie para rescatar. Él le explica: mi hija saltó, estaba en el aire, y después nada. No puede ser, responde el guardavidas. La mujer corre hacia ellos. ¿Dónde está?, pregunta. Ella la vio, dice Facundo, los dos la vimos. 
No puede ser, repite el guardavidas. La gente se acerca a escuchar. Facundo mira a su alrededor. Recorre las caras de todos los niños. Se sumerge de nuevo. 
Dos o tres empleados preguntan a la multitud si alguien vio a una nena saltando del trampolín, tenía una malla rosa. Facundo sale a respirar, está agitado. Excepto la mujer que subió con Josefina, nadie vio nada. Un gerente se acerca a preguntar qué está pasando. No puede ser, dice cuando le explican. Facundo sale del agua y va hasta su reposera. Su remera, su libro y la mochila de su hija siguen ahí. Le muestra las cosas y ellos le dicen que está bien, que en algún lado tiene que estar. La mujer está con él. Yo la vi, saltó, dice. El guardavidas y el gerente la miran. Ya avisamos en la puerta y llamamos a la policía, quédense tranquilos. 
El público empieza a irse. Nadie más saltó después de Josefina. Yo la vi, murmura la chica, como si hablara para sí misma. Facundo les muestra la mochila una vez más. La abre, saca la remera, las colitas de pelo, la toalla. 
Un policía, en la puerta, pide documentos a la gente que sale. Algunos no los tienen encima y protestan. Alguien llama a Facundo desde allá, para que diga si una nena morocha de pelo corto es Josefina. Él corre hacia la puerta, la ve y sacude la cabeza. La madre de la chica le sonríe con gesto comprensivo, sin soltar la mano de su hija. Otro policía revisa los vestuarios y un tercero el alambrado que bordea al complejo. Es imposible, repiten todos. 
Suena el celular de Facundo, es la madre de Josefina. No la va atender ahora. El lugar está casi vacío, se está haciendo de noche. Quedan los policías y los empleados de un lado, la mujer y él del otro. Facundo la mira. Vos la viste. Ella se muerde el labio. Deciles que la viste, por favor. Sí, murmura la mujer. Pero después mira al piso y dice que no sabe, que no puede ser. Tenemos que tomarles declaración, interrumpen los policías. La mujer mira su reloj, se muerde el labio. Facundo sigue con la mochila en la mano, se da cuenta porque los dedos empiezan a dolerle de tan fuerte que aprieta. La deja sobre una reposera. El trampolín se asoma sobre el agua, allá arriba. Facundo camina hacia la escalera. Lo llaman, pero no se detiene. Sube rápido y se asoma a la tabla, se para en el borde, mira hacia abajo. Desde ahí parece más alto. El agua está demasiado quieta y el vértigo le nubla la vista. Pero cierra los ojos y salta.
Siente la velocidad de la caída en la boca del estómago, luego el golpe. Su cuerpo se hunde y él abre los ojos. Las burbujas se despejan, se disparan hacia arriba. El agua, el fondo celeste, las rayas negras. Nada más.

*este cuento pertenece a Acá el tiempo es otra cosa (Interzona, 2015)

Sobre el autor |

Tomás Downey nació en Buenos Aires en 1984. Es guionista, egresado de la ENERC, y autor de una novela aún inédita. Ganó el Primer Premio en género cuento del Fondo Nacional de las Artes, edición 2013 con el jurado integrado por José María Brindisi, Mariana Enriquez y Guillermo Saccomanno y fue finalista en 2016 del Premio Hispanoamericano Gabriel Garcia Mrquez. Publicó Acá el tiempo es otra cosa (Interzona, 2015) y El lugar donde mueren los pájaros (Fiordo, 2016)
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De cómo un poeta puede ser campeón de la ufc y viceversa

Para tener una maldición en los dedos y en los labios
Hay que anular la paranoia de luchar contra tu sombra
Escribir en frigoríficos golpeando reses con los puños
Perseguir gallinas y atraparlas con la zurda
Hay que amarrar el costal a los guantes y los guantes a las muñecas
Escribirles a mujeres que te lesionen los meniscos
Pero nunca a hombres que caminen sobre cebras
Hay que hacer la cola para ir al baño
Y no negar dentro del baño la existencia de la cola
Puedes reescribir un padrenuestro y disfrazarlo de avemaría
Esperando a que te miren
O leer avemarías en tono de padrenuestro y decir que no fuiste
Crear estrategias
Golpear desde lejos
Escribir y huir
Y si sangras sangra como Meylee sin hacer el amor
Pero si haces el amor haz el amor como los tardígrados
Lento
En el fondo de un volcán
En una gota de rocío
En la Fosa de las Marianas
En el sótano de un iceberg
Y a los pies de un reactor nuclear
Haz el amor en el espacio
Y finalmente espera
A que pase el primer transbordador de regreso a la tierra
Y origina una intervención en un recital de poesía
Enfréntate a los golpes
Y si caes de culo ríe y defiéndete con un lapicero
Que en el fondo de las jaulas de los loros se amontonan manifiestos
Y tú eres un campeón
¡Un campeón muchacho!
Levántate hijo de puta porque Mickey te ama
Acá nadie premia merecimientos ni grados de dificultad
Mucha suerte hijo
Ya te lo he explicado todo:
Lo más importante recién está por hacerse


Poema para ser leído en el asiento trasero de un patrullero

Jefe
Soy la misma huevada que usted
A ambos nos despiertan los errores de esta carne próxima
Nos cala la ondulación de las despedidas
Ambos somos el juego limpio y desparasitado
Alimentado con cautela
Felices hasta que nos ponen uno frente al otro
Y nos creemos la vanidad del antiespejo
Para todos represor o subversivo
Para nosotros
Un hermano disfrazado de a diario
Donde el plato pesa más que la comida

Jefe
Solo vine a leer un poema
Pero se me han acabado los megas
Y la ira de la ausencia básica
Sabe usted
Cómo se entretiene con nuestros miedos
Hasta llevarlo a uno al punto de apostar
Que no se encuentra donde lo dejaron
Porque hay duendes que esconden las cosas
En la pirámide social que nos alberga
Y en este extravío nuestro
No hay madre que venga a aparecernos las medias

Pensando en eso Jefe
Ninguno de ellos son yo ni usted
Ninguna orden viene del trono blanco y frío
Donde se sientan nuestras angustias
No hay perdigón fabricado
En la olla común de un sueño
Del ojo de un ácaro tuerto
Que a los dos nos carcome de noche

Vienen vuelos de drones
Tejiendo nubes sobre nuestras casas
Pero no despegan de nuestros corazones
Sino es para regar el color verde de nuestras canas
Dispuestas por una vida que no obedece
O el de ese uniforme que llenamos tácitos
Vestidos tal vez por un motivo común
La frustración y la gloria
Que nos hermanan a ambos lados del escudo
Así que muérdale la mano a su amo
O déjeme libre para arrancársela
Salte a abrigarse a nuestro lado
A esta colcha que como hermanos también
Es la colcha de su madre

Qiu

Una noche recordé a Qiu
Cuando me hablaba de los días
En los que devoraba un ángel por la nariz
Y se metía el corazón en el fundillo
Con sus seis pies y dos pulgadas
Para golpear a los hombres
Que huían con el doblaje en rumano de su sonrisa
Y los subtítulos amarillos de su cuerpo futuro

Extrañaba a sus hermanos

Y a sus padres de Bucarest

Lo que me tocó hacer en un país
Donde el amor es apaleado y encima delito
Por eso me vine para acá  —dijo—
Intentan golpearte pero todos son pequeños
Y la cárcel nunca dura más de dos días
Maravilloso país en el que vives
En el que puedes salir en la noche a buscar mujeres
O escoger ser una
Eso no se logra en mi país

Pero siempre se puede estar peor 
Yo le decía y callaba

Soy de un país socialista
Con la propiedad vaginal privatizada
Por eso me enojo
Me gritaba haciendo equilibrio
En dieciocho centímetros de tacos

Dios debe ser el maestro de un marketing
Marcado con tintes de sadismo
Darle al hombre una vulva mental
Cuando no puede conseguirla
Dejarle el cosquilleo del brazo al cuerpo
Al habérselo amputado
Darle al anhelo una carga de sueños
Junto a unos párpados con mecanismo de persiana

Si digo que no tiene significado
Tal vez tenga razón:
La ilusión de una idea sin activarse en nuestra mente
Es lo único que me salva del desprecio
A quienes quisieron alejarme de mi alma

Qiu
Cada quien tiene sus cosas
Lo único que no se cercenan los valientes
Son los pasos

Muy por encima de lo que nos falta
Siempre hay algo que nos sobra


*adelanto del poemario La liberación de las ranas, Ed. Celacanto (Lima 2017)

Sobre el autor |

Eduardo Cabezudo, Lima 1981, nació y creció en el distrito de Barranco, a pesar de su inclinación hacia las letras estudió la carrera de Farmacia y Bioquímica en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, sus textos figuran en páginas web literarias, así como en fanzines y revistas. En mayo del 2012 fue invitado a formar parte del Grupo Parasomnia, agrupación de difusión poética, con quienes publica la antología Al otro lado del verso (Elefante Editores) en marzo del 2013, se separa de la agrupación en agosto del mismo año. Fue seleccionado para formar parte de la antología Vox Horrísona: Muestra de poesía última peruana (Ediciones Eternos Malabares) que fue presentada en el IV Festival de poesía de Lima. En enero del 2014 participa del festival y la antología Enero en la palabra (Dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco) y en julio del mismo año en el Festival Caravana de poesía Lima – Cusco. En julio de 2016 se presentó Postuma(mente) (Celacanto) y en unos meses presentará su segundo poemario La liberación de las ranas, por la misma editorial. 
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|sobre la publicación|

La Tertulia de poesía joven, en el marco del XVI Festival Internacional de Poesía de Cali, "El mundo a través de la pantalla", fue un proyecto que buscó acercar la poesía de diferentes partes del mundo a Cali a través del internet; poetas jóvenes de países hispanohablantes, como: Ecuador, México, Chile, Venezuela, Perú y España, los poetas fueron proyectados leyendo un poema de su autoría. El resultado de la proyección fue ésta antología virtual.

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El crepitante motor de la diadema roja tirita a las puertas del palacio del León Blanco.
Acá adentro hay una fiesta, pero mis ojos, otra vez, se hundieron en el cielo.
La voz blanca de mi papá, vuelve, una vez más.

Así se presenta Vértigo, primera obra de Francisco Donovan.
Escrituras Indie entrevistó a su autor y protagonista.

Por Malena Saito




¿Cómo fue el proceso de escritura de Vértigo?

El proceso de escritura empezó en el taller de dramaturgia de Nacho Bartolone y Mariano Tenconi Blanco. Empezó ahí, en las horas de taller y de hecho, el primer disparador fue una consigna que entendí mal o de una manera distinta a como había sido planteada. La idea era contar un mito fundamental, ese era el ejercicio. Yo tenía desde hacía ya unos años una imagen en la cabeza: una moto frágil andando a toda velocidad por una autopista, esa moto se rompía, el motor explotaba. Tomé la determinación de narrar esas imágenes pensando en la consigna del mito fundamental. Lo llevé a clase, lo leí y me acuerdo que sentí una excitación muy grande al leerlo. El texto gustó y a partir de ese momento es como si le hubiese sacado un corset. El material empezó a ensancharse rápidamente. A medida que escribía lo iba leyendo en el taller y tanto Nacho como Mariano me fueron guiando y el texto fluyó.
Fue como un año de escritura.

¿Cuáles fueron tus influencias o qué estéticas te guiaron a la hora de escribirla?

Además de la imagen de la moto, el disparador de la obra fue el mundo de la TV. Yo había trabajado entre el 2009 y el 2011 en distintos programas y esas experiencias me dejaron muchas preguntas, ideas dando vueltas en la cabeza; encontré un espacio de grandes posibilidades alquímicas para convertir todos esos recuerdos en una ficción. Es decir, la ficción de las ficciones. Hubo algo de ese enmascaramiento de la ficción que me resultó atractivo y fértil a la vez. En cuanto a las influencias me cuesta mucho encontrar un texto o un autor que haya sido guía para el trabajo. Fue más a partir de lo que iba escribiendo que surgían algunos autores, muchas veces recomendados por el propio Nacho o por Mariano o por algún otro compañero. Concretamente me acuerdo de Bob Chow con "El momento de la debilidad”, de la que tomé algo del universo lisergico, de la realidad con esteroides y del heroe/antiheroe, algo de andar muy perdido y a merced de los personajes que nos vamos cruzando. También tengo presente un texto de Iosi Havilio, "La serenidad", de la que tomé algo de la narración de un par de días en la vida del Protagonista (el personaje es nombrado así). Había algo en el afecto de aquel Personaje que me resultó alimento a la hora de seguir escribiendo. Creo, por otra parte que el trabajo que hice tuvo más que ver con dislocar las experiencias reales, que con generar un universo.

Nombrame algún dramaturgo contemporáneo que te interese, ¿Por qué?

No soy un gran lector de teatro, no tengo un referente concreto en cuanto a lo que escribo. Si me pasa que gusta del trabajo de un montón de gente, pero accedo al material como espectador más que como lector.
Soy un lector  más activo de narrativa. La obra, de hecho, surgió como un cuento, fue Nacho el que vislumbró su zona teatral. Pero ya que estamos nombro a Lagarce,”Tan solo el fin del mundo", me resultó muy atractiva. Es el tipo de material que me gustaría aprender a tejer. Tengo un gran recuerdo de un texto de Koltes, también, autor de  "La noche justo antes de los bosques". Fui a verla al teatro, actuaba Mike Amigorena, yo lo había visto en "El niño argentino" de Kartún (hablando de dramaturgos admirados, admiradísimo) y había quedado pasmado con la plasticidad de Mike. Entré al teatro esperando ver actuación y en vez, me llevé un texto increible

¿Leés poesía? ¿hay algún poeta actual que te conmueva y con el que te sientas emparentado en tu producción?

Mariano Blatt me resulta muchas veces conmovedor. Pero al igual que con los dramaturgos, me gustan los poetas que conozco, los más cercanos.  Muchas veces se trata de gente sin obra editada, son solo un muro de Facebook, pero son esos los que me llegan, las voces que viven ahora. Hay un encuentro hermenéutico mucho más posible. A mi me gusta que el material me resulte accesible, quiero poder reconocer una voz contemporánea, cercana, que me hable un poco como ahora y un poco como siempre, ahí es donde disfruto con la poesía. Así me pasa con amigos como: Franco Calluso, Maria Florencia Rua, Mariano Tenconi Blanco, Martín Dubini y por supuesto Nacho Bartolone.

¿Escribís/te en otro género?

Vértigo es mi primera obra estrenada. Escribo casi todos los días y desde esos impulsos voy armando materiales, en general escribo narrativa. Algunas veces escribo poemas, pero son las menos.

Hay algo muy interesante en el uso de las texturas sonoras que conforman la obra, las voces de los otros dos intérpretes que te acompañan, por ejemplo, o los fragmentos radiales, ¿estaban pensados desde un primer momento o fueron una decisión de dirección?

Respecto de lo que llamas texturas, es el resultado del cruce con Nacho Bartolone (director) y Franco Calluso (autor de la música), el diálogo fue decantando en las apariciones de esos dos personajes, monjes, satélites. El material original involucraba muchas voces dentro del relato y a la hora de montar todo fue apareciendo por la necesidad de diversificar las voces y no concentrar todo en una sola. Franco trajo la idea de usar casetes y Nacho fue dosificando, siempre a prueba y error, la aparición de las distintas voces e intervenciones.

¿En qué medida ser actor, puede jugar a favor o en contra de la dramaturgia? ¿Te imaginaste, por ejemplo, desde un primer momento actuándola?

No tengo idea en qué medida puede jugar a favor o en contra, a mi me pasó que si bien soy actor y desde hace mucho que deseaba tener un "unipersonal" cuando empezó a aparecer la voz del texto, me enamoré del trabajo de escribir, olvidándome del deseo de actuar. Durante la escritura fue el deseo de escribir el que guió el trabajo.
Pienso que el inconveniente del actor a la hora de generar material, tiene que ver con la ansiedad de actuar, entonces nos encontramos muchas veces empezando a ensayar cosas que no existen, confiando plenamente en una especie de iluminación de lo que improvisamos y eso es muy contraproducente. Creo que lo mejor es segmentar las partes del trabajo. En ese sentido, escribir viene siempre antes de actuar. O sea que en un momento me olvidé de la idea de actuar el texto, solo quería poder escribir un texto que me gustase leer.

¿Estás escribiendo otra obra?

Estoy trabajando sobre un texto que escribí el año pasado. No tengo apuro y no sé si será teatro. Otra vez aparece la narrativa y la necesidad de escribir por sobre la idea de pensarle un destino al material.


funciones |

Sábados, 23hs.
Teatro El Extranjero: Valentín Gómez 3378 
Entrada: $250 (2x1 todo junio)